EN EL PLANETA TIERRA

En busca de lo salvaje (VII)

Los Elefantes del Desierto

Texto y fotografías: Andoni Canela

Los paisajes del desierto de Kukene en Namibia y del Kalahari en Botswana son el escenario de «Los Elefantes del Desierto» el último capítulo de En busca de lo salvaje – Looking for the Wild, que se ha convertido en libro.

En el noroeste de Namibia, cerca del desierto más antiguo del planeta, se puede encontrar una de las escasas poblaciones de elefantes del desierto. La supervivencia es aún más difícil para estos paquidermos que para los de la sabana, pues deben migrar centenares de kilómetros y hasta excavar el suelo en busca de agua. Y, por si la naturaleza no fuera lo bastante hostil, está la amenaza de la caza.

En esta región desértica, en torno a los ríos Hoarusib, Ganamub, Hoanib y Jumib, se dan épocas de sequía extrema. Desde una de las cumbres de los alrededores, se divisa un desierto pedregoso. Unos pocos árboles siguen la línea del río invisible, el lecho de arena y polvo. Aquí, junto a la costa de los Esqueletos, quedan tan sólo unos 150 ejemplares de elefantes del desierto que viven en condiciones extremas, sin agua después de las sequías de los últimos años, y en un terreno áspero y con escasa vegetación.

Namibia ignora por completo a estos elefantes, que han vivido adaptados al desierto durante milenios y que presentan unas características únicas. Así, recorren cientos de kilómetros en busca de agua subterránea y comen de los árboles en los cauces secos de los ríos. Esta población de elefantes está en seria disminución como consecuencia de dicha sequía y de la persecución y la caza ilegal.

Observar una manada de estos elefantes en unos paisajes rodeados de dunas y montañas rocosas, es quedarse maravillado mientras, al mismo tiempo, se intuye su futuro incierto en sus cuerpos delgados, su piel arrugada y sus colores grises y blanquecinos.

Estos elefantes del desierto en la región de Kunene de Namibia son una población distintiva, acostumbrada a la vida en un entorno extremadamente árido. Y tan sólo hay otra población de elefantes del desierto en el mundo: se encuentra en el Sahara, en Mali, y reúne unos 400 animales, también muy amenazados.

La adaptación a un ecosistema tan duro ha creado un buen número de diferencias físicas y también de comportamiento con el conocido elefante de la sabana africana. Hasta hace poco, el elefante del desierto se consideraba una subespecie del otro, pero los estudios genéticos recientes lo ponen en duda. Aun así, las diferencias son evidentes: los elefantes del desierto son tan grandes como los de la sabana –los machos pueden llegar a alcanzar los cuatro metros de altura–, pero sus cuerpos son menos orondos debido a una alimentación más pobre en cantidad y nutrientes. Sin embargo, a pesar de todo, pueden superar las seis toneladas de peso.

Una de las singularidades que presentan los elefantes del desierto es esa migración estacional de larga distancia en busca de lugares con agua y comida. Para ello, han desarrollado unas patas más grandes que sus parientes de la sabana, que les permitan cubrir largos trayectos por rocas y arena. No obstante, esto no les salvaguarda de sufrir numerosas heridas en las plantas de los pies y en las uñas, lo cual se convierte en la primera causa de muerte de muchas crías y de ejemplares jóvenes.

Otra peculiaridad de su comportamiento es la manera en que, en muchas ocasiones, obtienen agua: excavan pozos en la tierra para acceder al preciado líquido. Los elefantes prefieren beber a diario, pero en el desierto llegan a pasar varios días sin agua en caso necesario. Los machos, cuando tienen la oportunidad, pueden beber más de 150 litros por día.

Para conseguir comida también deben usar diversas estrategias, como estirar su cuerpo al máximo apoyados en las patas traseras, casi adoptando poses de bailarina, y poder así alcanzar los brotes más verdes de unos árboles que parece que hayan podado hasta los cinco metros de altura.

Los colmillos (que, en realidad, son incisivos) son dientes especializados que siguen creciendo durante toda la vida de un elefante. Se calcula que los elefantes más viejos que viven en el desierto de Namibia superan el medio siglo de vida. Pero en la población del Hoarusib y Hoanib hay muchas hembras que no tienen colmillos. Esa carencia de colmillos en las hembras es un rasgo hereditario dentro del mismo grupo familiar. Las manadas de elefantes son grupos matriarcales: la hembra de mayor edad es quien conduce a la familia (hermanas, hijas… y a las crías de estas). Es la más veterana y tiene la memoria más larga. Posee el conocimiento de las fuentes de agua, de los alimentos de temporada y de las rutas de migración para ayudar a su familia a sobrevivir.

El conflicto entre los seres humanos y los elefantes es, sin ninguna duda, la mayor amenaza para esta población de paquidermos. Namibia está potenciando cada vez más la caza de trofeos por los ingresos que supone para el país y han decidido no dar importancia a esta población única de paquidermos no diferenciándola del resto de los paquidermos de la sabana del país. Por ello, las autoridades están dando permisos de caza a cambio de favores políticos en estas regiones. Esta situación puede acabar en muy poco tiempo con unos elefantes que llevan milenios viviendo adaptados a este lugar único. Según el Gobierno de Namibia, quedan 300 ejemplares de elefante del desierto, pero fuentes conservacionistas como The Conservation Action Trust aseguran que probablemente hay menos de 100 elefantes vivos, entre los cuales se hallan pocos elefantes adultos reproductivos (han contado 18 ejemplares). Sólo entre el 2013 y este pasado 2015 se han encontrado muertos 26 elefantes en esta área. De estos, más de una tercera parte habían sido abatidos a tiros, en principio, por diferentes causas. Lo más grave es que la mayoría de esos 26 elefantes muertos eran hembras en edad reproductiva, por lo que la capacidad de crecimiento de la población de elefantes de esta zona se ha reducido drásticamente.

Y así, entre amenazas, sobreviven estos paquidermos, especialmente activos durante las horas nocturnas, cuando la oscuridad apenas permite ver nada, evitando el calor diurno y la deshidratación que provoca el moverse por el desierto. Como suelen hacer, estos enormes animales alargan su trompa y buscan en el árbol esas hojas verdes que necesitan para sobrevivir. Serán miles y miles de hojas hasta poder llegar a los doscientos kilos de materia vegetal que puede comer un elefante cada día. 

Un entorno extremadamente árido

Amanece. Se escucha un leopardo rugir y, en pocos minutos antes de que haya salido el sol, unos babuinos empiezan a correr desesperados de un lado del río al otro. Tensa espera. El leopardo no aparece. Pero los babuinos no volverán a dejarse ver durante un buen rato. El río que han cruzado estos monos está seco. Lleva muchos meses así. De hecho, hay años en que no llega a fluir ni una gota de agua. Ya son muchas noches acampando bajo las estrellas, junto al fuego. Existen lugares extremos y, luego, está el desierto del Namib. Hay costas peligrosas y, luego, la costa de los Esqueletos. Esta es una zona salvaje de verdad. Inhóspita. Con pistas de arenas profundas, caminos pedregosos, rocas puntiagudas, enormes dunas, ríos sin agua y estrechas gargantas. Desde donde se pueden observar escenas como la de los babuinos, se contempla un paisaje extremo y contrastado, donde confluyen el azul del Atlántico y el rojo de la arena que llega hasta la costa de los Esqueletos.

El leopardo sigue sin dar señales de vida. Pero, aunque a primera vista parezca imposible, en este desierto hay otros animales, además de los elefantes, que luchan por salir adelante: leones, hienas, gacelas saltarinas, órices, avestruces e incluso jirafas que arrancan los pocos brotes tiernos de los escasos árboles y se pasean hundiendo sus piernas larguiruchas en las dunas de arena.

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