ENTREVISTA

«La infancia es un sensible indicador medioambiental de nuestras ciudades»

Francesco Tonucci

Pensador, psicopedagogo e ilustrador (bajo el seudónimo de Frato). Nacido en Fano, Italia, en 1940. Premio al Mérito en la Educación 2011 y, desde 1966, investigador en el Instituto de Ciencias y Tecnologías de la Cognición del Centro Nacional de Investigación italiano (CNR). Desde 1991 es el creador y director del proyecto internacional «La ciudad de los niños», que propone cambios en las ciudades asumiendo la infancia como parámetro ambiental y de sostenibilidad. Francesco Tonucci, de reconocido prestigio internacional, coordina en la actualidad una red de aproximadamente 200 ciudades en Italia, España y América Latina.

Bizkaia Maitea: Entre las principales diferencias de cómo vive la población infantil la ciudad hoy y hace 50-60 años, por ejemplo, ¿cuáles destacaría Vd?

Francesco Tonucci: Nuestro proyecto, «la ciudad de las niñas y niños», aborda dos ejes principales de trabajo: la participación de las personas menores en el gobierno de la ciudad y su autonomía de movimiento. Estos dos ámbitos representan dos de los cambios más importantes, en mi opinión, que deben recuperar los niños y las niñas de hoy respecto a los de hace 50-60 años. Entonces nadie sospechaba que pudieran contribuir a las decisiones y a los cambios en la vida pública. La infancia tenía valor por aquello en lo que se convertiría; los niños y niñas eran los «futuros» ciudadanos y ciudadanas. Para ello debían escuchar y respetar a las personas adultas, aprender a ser como ellas lo más pronto posible. Por otra parte, nadie dudaba de que era absolutamente normal que un niño, una niña, tras haber comido o después de haber hecho las tareas pudiera (debía) salir de casa e ir a jugar con sus amistades, respetando naturalmente algunas reglas de tiempo, de espacio y de comportamiento.

Hoy, la ciencia ha puesto de manifiesto la importancia de los primeros años de vida, y la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989 ha reconocido que somos ciudadanos desde el nacimiento y que las niñas y niños tienen derecho a expresar su opinión cada vez que se toman decisiones que les afectan (art. 12). Por otra parte, su autonomía de movimiento, al menos en nuestros países mediterráneos, ha descendido hasta casi desaparecer. Una reciente investigación nos dice que los niños y niñas italianos de educación primaria que van a la escuela sin ser acompañados por personas adultas ¡no superan el 7 %!

Podemos decir, por tanto, que respecto a estos dos aspectos la condición de los niños y niñas se ha invertido.

BM: ¿Han ganado o han perdido?, o ¿en qué han ganado y en qué han perdido?

FT: Deberíamos decir que, considerando los dos cambios, en el primero han ganado y en el segundo han perdido. Pero lamentablemente no es ni siquiera así, porque el reconocimiento de la importancia y del valor infantil es todavía sólo formal y teórico. Todavía no se ha introducido en el comportamiento de la familia, de la escuela y de la ciudad, mientras que el segundo cambio, la pérdida de autonomía, las niñas y los niños de nuestros países lo están sufriendo y pagando caramente.

Si un niño o niña no puede salir de casa por sí solo, no puede jugar, y si no puede jugar no puede «crecer». El juego es seguramente la experiencia que más incide en su desarrollo en los primeros años de vida para poner los cimientos sobre los que luego la escuela, la familia y la sociedad construirán conocimientos y habilidades.

Si un niño o niña no puede salir de casa por sí mismo y jugar con sus amistades, no podrá descargar su energía física. La gran alarma pediátrica en el sobrepeso y la obesidad infantil tiene una fuerte correlación con este brusco cambio de hábitos de los y las menores.

Si un niño o niña no puede salir de casa por sí solo, no podrá vivir el escalofrío del riesgo, no podrá satisfacer su curiosidad y sus necesidades de transgresión. Va a acumular así un deseo y una necesidad que sólo podrá ser satisfecha en la adolescencia, pero con mucho más peligro. Las experiencias de bullying o acoso escolar, el vandalismo, el abuso de alcohol y drogas, los accidentes de moto y de auto, los suicidios juveniles, más que dramas de adolescencia deben probablemente ser considerados coherentes consecuencias de errores educativos en el período infantil.

Pero la desaparición de los niños y niñas de los espacios públicos de la ciudad tiene un coste alto también para la misma ciudad: una ciudad sin infancia es peor, más fea, más insalubre, más insegura. Los niños y niñas que se mueven por sí solos nos obligan a hacernos cargo de ellos, a reconstruir un ambiente solidario y, por tanto, a crear condiciones de seguridad más altas que pudieran generar un aumento de la protección con policía o cámaras de video-vigilancia.

BM: Y a las personas adultas, ¿cómo nos ha influido este cambio de modelo de ciudad? ¿Ganamos o perdemos?, o ¿en qué ganamos o en qué perdemos?

FT: Victoria, una niña de 10 años del Consejo de niños de Rosario, en Argentina, dijo: «Los mayores tienen la culpa de todo. Hay que poner límites a los mayores». Es difícil quitarle la razón. Cuando después de la Segunda Guerra Mundial las ciudades fueron reconstruidas, se decidió (los adultos decidieron) reconstruirlas a la medida de los adultos, varones, trabajadores. Ellos quisieron que se adaptasen más a las necesidades de sus automóviles que a las de sus hijos e hijas. En estas ciudades «para adultos» los no adultos, los no varones y los no trabajadores sufren y, finalmente, desaparecen. Naturalmente, en estas condiciones también nosotros, los adultos, vivimos mal. Es interesante observar que las propuestas de cambio que presentan los niños y niñas son casi siempre similares y coherentes con las propuestas de los científicos (urbanistas, sociólogos, psicólogos y pediatras).

BM: Si el crecimiento más importante en la vida de una persona ocurre en los primeros años, ¿cómo pronostica serán de adultos quienes «disfrutan» de la infancia hoy día?

FT: Como decía anteriormente, el riesgo es grande. Si en los primeros años los niños y niñas no pueden vivir la experiencia de la aventura, el descubrimiento y el juego libre, difícilmente estas lagunas podrán ser recuperadas en las etapas sucesivas. Por eso pensamos que una ciudad democrática debe garantizar suficiente libertad y autonomía a toda su ciudadanía.

BM: ¿Cómo podemos, hoy, empezar a diseñar un mejor destino quienes tenemos, como personas adultas, la capacidad y responsabilidad de tomar decisiones? ¿Cómo hacer realidad lo dicho sobre «que los niños tengan ciudad y que la ciudad tenga niños»?

FT: El objetivo real de nuestro proyecto es restituir a las niñas y a los niños la posibilidad de salir de casa sin ser acompañados para reunirse con sus amistades y vivir con ellas la experiencia del juego libre en lugares elegidos por ellos (y no en los parques destinados a ellos). Pero para recuperar esta autonomía proponemos que se recupere esta competencia mediante la experiencia «a la escuela nos vamos solos». Proponemos que a partir de los seis años, niñas y niños puedan ir a la escuela con sus amigos y amigas. Una experiencia ya perdida en nuestras ciudades, pero es posible recuperar si contamos con el compromiso de la escuela y de la Administración municipal, con la colaboración de comerciantes y personas ancianas, y con el apoyo de pediatras. Una experiencia difícil, porque se debe vencer el miedo de las familias, pero que es posible y muy satisfactoria para todos los protagonistas

BM: ¿Quizás sean las propias niñas y niños, y cómo mejora su grado de autonomía, el mejor termómetro de sostenibilidad y del futuro que podamos estar construyendo?

FT: Desde hace tiempo me gusta considerar a la infancia como un sensible indicador medioambiental de las ciudades. Así como las golondrinas y las luciérnagas se consideran indicadores ambientales (si desaparecen significa que el medio ambiente está contaminado), la presencia de niños y niñas que se mueven de manera independiente por los espacios públicos de la ciudad constituye un indicador de la salud de la propia ciudad. Si están presentes, la ciudad es saludable; si no se les ve, la ciudad está enferma.

BM: ¿Sabemos escuchar a esas personas menores (en edad) o nos sentimos tan «arrogantes» (desconfiados) que sólo las vemos como personitas que «no saben hacer»?

FT: Como he señalado, lamentablemente la competencia de la infancia todavía no ha sido reconocida y sigue siendo básicamente desconocida y evidentemente no realizada, a pesar de que queda recogida en el ya citado artículo 12 de la Convención, que en noviembre de este año cumple 25 años. En la prestigiosa sede de las Naciones Unidas, todas las personas adultas del mundo prometieron a todos los niños y niñas del mundo que no se tomaría ninguna decisión que les afectara sin solicitar su dictamen. Una gran promesa y una gran mentira, porque de ella no encontramos ningún rastro ni en el comportamiento de los hogares, ni en los hábitos de las escuelas ni en la organización de la ciudad. Y ésta es una ley del Estado español, ya que en el año 1990 ratificó esta Convención, con lo que ésta pasó a formar parte de su legislación ordinaria y, por lo tanto, a ser vinculante y obligatoria.

BM: ¿Cuál sería la responsabilidad y el papel de la escuela, y cuál el de las familias, si queremos ser capaces de leer la realidad concreta que rodea a las niñas y niños y ayudar al cambio que nos ha apuntado?

FT: Hace algunos meses ha desaparecido Mario Lodi, el más grande maestro italiano contemporáneo y gran amigo mío. Él ha apoyado durante toda su vida que la escuela debe ser una escuela de democracia, la Constitución debe ser su referencia constante, mucho más que los libros de texto. Pero la democracia no se enseña sobre los libros; se enseña viviéndola y practicándola cada día en la vida de la clase, viviendo la cooperación, la solidaridad, la ayuda a los más débiles. Se aprende negándose a premiar a los privilegiados y a castigar a los menos afortunados; reconociendo que los puntos de partida son diversos y, por tanto, también los itinerarios y las metas deben ser diferentes.

Francesco Tonucci con su desaparecido gran amigo Mario Lodi.

Es muy importante que en esta fundamental obra educativa, la familia sea solidaria con la escuela, renunciando a actitudes hoy tan comunes en defensa de sus propios hijos e hijas, teniendo en cuenta a sus compañeros y compañeras más débiles, extranjeros o con discapacidad.

BM: De su amplia experiencia, ¿puede ilustrarnos con algún caso práctico donde la solución de un problema social se haya encauzado a partir del protagonismo de sus niñas y niños?

FT: Quisiera que en España todos los administradores pudieran hacer un viaje a Pontevedra. Su alcalde me escuchó hace 10 años en una conferencia y aceptó mis propuestas y decidió invertir las prioridades en su política administrativa, poniendo en primer lugar a la infancia (peatones y bicicletas), luego a los medios de transporte públicos y sólo después al coche privado. Hoy Pontevedra es una ciudad distinta de todas las demás porque todas las personas se pueden mover, pero respetando la prioridad de los más pequeños y de los más débiles. Una ciudad más bella, más sana, más segura y más alegre también porque está llena de niños y niñas. Un ejemplo ilustrativo para decir que este proyecto es posible y la infancia puede indicar un nuevo camino.

BM: Y hablando de ilustraciones, ¿cree que la ironía de Frato ha servido para provocar una reflexión sobre el sistema de enseñanza? ¿Cuál cree que es el lugar del humor en la educación?

FT: Frato ha tenido la capacidad o la suerte de poder entrar, con su sátira, a menudo dura y mordaz, en un mundo cerrado y difícilmente dispuesto a la crítica como es la escuela. La pregunta es correcta, las viñetas no pueden por sí solas producir cambios, pero pueden provocar una emoción, una toma de conciencia, hacer decir a quien la mira: «Es cierto, ¡también me pasa a mí!» En este punto, el público se divide: una parte abandona enojado y ofendido la viñeta acusando de presunta incompetencia al autor y, otra parte, se conmueve y va a buscar instrumentos adecuados para un cambio.

BM: ¿Nos podría Frato regalar alguna de sus viñetas a quienes nos asomamos a las páginas de Bizkaia Maitea, donde se subraye alguna de las reflexiones compartidas en esta entrevista?

FT: Considero esta viñeta como una buena síntesis de nuestro proyecto, porque contiene un fuerte mensaje: los niños que juegan en la calle hacen segura la carretera. Por supuesto alteran, nos impiden utilizar todo el espacio público para nuestra comodidad, para nuestros coches, pero devuelven salud, belleza, seguridad y serenidad a nuestras ciudades.

«La città dei bambini»

El objetivo de esta nueva filosofía de la administración de la ciudad es aparentemente irrelevante y sencilla: que los niños y niñas puedan nuevamente salir solos de casa, que no se vean condenados a estar durante tardes enteras delante del televisor, que no tengan que correr de una escuela a otra, que puedan nuevamente buscar amistades y, jugando juntos, descubrir cosas. ¿Qué significa esto para la ciudad? Simplemente, que la ciudad ha de cambiar, toda, completamente, aunque de manera gradual.

Repensar la ciudad, quererla distinta, adaptada a todas las personas, incluso a la infancia, es una necesidad urgente; no se trata de retroceder hacia el pasado en busca de un romanticismo rural o de barrio de los años 40, sino de preparar para un futuro distinto, no exclusivamente controlado por la producción comercial. Un futuro en el que exista el deseo y la posibilidad de pensar en el bienestar y en la solidaridad. De ese futuro, los niños y niñas son símbolo, reto y garantía.

http://www.lacittadeibambini.org/spagnolo/interna.htm

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