ENTREVISTA

«La Pedagogía de la Confianza desarrolla todas las capacidades en la escuela infantil»

Rafael Cristóbal

El psiquiatra Rafael Cristóbal vivió en Ginebra, donde comenzó a estudiar los comportamientos infantiles. En nuestro país, fue director de los Hospitales Psiquiátricos de Santa Águeda, miembro de la Comisión de Expertos para la Reforma Psiquiátrica del Gobierno Vasco, profesor de Psicopatología en la Universidad del País Vasco y creador del grupo de investigación Hazitegi de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de Mondragon Unibertsitatea, donde impartió docencia como profesor de Psicología del Desarrollo infantil. Ha dirigido la transformación pedagógica y arquitectónica de varios centros infantiles, así como publicado diversos libros sobre educación y psicología infantil.

BIZKAIA MAITEA: Usted creó el grupo de investigación «Hazitegi» en Mondragón Unibertsitatea con el objeto de avanzar en el desarrollo saludable de nuestros menores, sobre todo de edades tempranas. ¿Cuál es su fundamento?

Rafael Cristóbal: La originalidad de «Hazitegi» (en euskera «semillero, vivero») radicó en el planeamiento de la escuela infantil (0/6 años) sobre una bases científicas. A diferencia de las corrientes previas, donde los mejores centros infantiles de educación se basaban más en principios filosóficos o humanistas (Montessori, Steiner, Loczy…), en «Hazitegi» nos propusimos crear un modelo de escuela infantil asentada en el conocimiento científico facultado por las ciencias actuales.

B.M.: Habla de una psicología fundada en la ciencia, que sustenta una pedagogía, esto es, el qué hacer.

R.C.: Efectivamente, «Hazitegi» creó las bases del desarrollo de «el niño en la mirada del conocimiento» en el sentido de la ciencia, tal como se titula uno de los dos libros que he escrito, para sobre ella construir la pedagogía. En este sentido, la psicología sería a la pedagogía lo que la física es a la ingeniería. Para la realización de esta pedagogía se necesita una nueva organización del espacio infantil. Estamos hablando de una arquitectura igualmente fundada en la psicología científica. Psicología, pedagogía y arquitectura, pues, configuran una unidad en la que la criatura puede desplegar todas sus potencialidades. Eso fue el proyecto «Hazitegi», Y resulta que la ciencia nos dice que en el niño, aunque frágil, se puede confiar. Esta pedagogía es, pues, una Pedagogía de la Confianza.

B.M.:¿Cuáles han sido sus frutos?

R.C.: Es prematuro hablar de frutos, porque tan sólo llevamos 5 años con las primeras realizaciones y faltan aún por investigar empíricamente sus resultados. Pero podemos ya señalar dos resultados tangibles en los centros donde se está aplicando: no hay llantos, y el profesorado está más feliz.

Un reto que tenemos, y que estoy seguro que lo vamos a lograr, es el acabar con el fracaso escolar, que aparece ya en Primaria y Secundaria, y la hiperactividad con trastornos de déficit de atención que no sean generados por un trastorno psicobiológico. Tenemos como meta erradicar absolutamente esta lacra que es la primera derrota que el niño y la niña sufren en esta vida. Ello implica un sistema de diagnóstico precocísimo para, también, una intervención precocísima. Hemos creado un sistema de observación para la detección precoz de desviaciones. Ocurre, para más inri, que en nuestro sistema escolar de aulas rígidas muchos niños y niñas superdotados, a disgusto en el aula, son diagnosticados como hiperactivos.

En este tipo de arquitectura y pedagogía, la inteligencia que durante este período es sensori-motriz estorba para el desarrollo de la clase. Las niñas y niños dotados son censurados por enredadores y empieza el círculo penoso de represión, enfado del niño o niña e inadaptación, terminando por el rechazo escolar. Y no hay que olvidar que el período que va de 0 hasta los 6 años, es ese en el que se construye la personalidad y la estructura humana, parte de la cual son las ganas de saber y las ganas de actuar, futuras bases del aprendizaje.

B.M.: ¿Dónde situaría los orígenes de esa pedagogía, sus fundamentos?

R.C.: La década de los 50 pasados marca un antes y un después en la historia del conocimiento científico del niño/a. Los estudios sobre primates por los profesores Harlow y Suomi en la Universidad de Wisconsin (USA), realizados simultáneamente que los estudios observacionales en niños y niñas realizados por Bowlby en Londres, constituyeron una revolución sin precedentes: los hallazgos sobre la psicología animal y humana, ya intuidos por Darwin, proporcionaron las herramientas fundamentales para la observación del desarrollo psicológico del menor.

La genialidad de Darwin fue haber intuido que el ser humano no era un ser aislado del resto del mundo vivo, del mundo animal, sino su «continuación». Era heredero de la maravilla del cerebro del primate. Y, con el cerebro, de instintos inscritos en él. Una teoría moderna del instinto es la roca sobre la que se monta toda esta pedagogía. Posteriormente, el instinto en el ser humano recibiría el refrendo y reconocimiento del mundo científico con el Premio Nobel de Medicina otorgado a Lorenz y Tinbergen en el año 1973. Más adelante, será la Biología Molecular y, actualmente, las Neurociencias quienes han ampliado el espectro de su conocimiento.

B.M.:¿Me está diciendo que nuestros «instintos animales» son la base de la Pedagogía de la Confianza? ¿Cómo se concreta en la práctica?

R.C.: Precisamente la Pedagogía de la Confianza se asienta en una psicología del desarrollo innato o instintivo. Esto constituye un cambio radical. Antes la pedagogía creía que el niño o niña era como un ordenador sin programar. Así pensaba igualmente Aristóteles. No es así. En el trigo y en el maíz puedes confiar, con tal de que respondas a sus leyes. No puedes poner maíz en un sitio de secano, como no puedes poner plantas tropicales en el polo.

La moderna ciencia de los instintos ha ampliado la noción restrictiva que éste tenía en el pasado. Sin entrar a muchos detalles, podemos decir que el instinto tiene cuatro dimensiones: motora, neurovegetativa, emocional e imaginaria. Además del sinfín de facultades que conlleva el instinto, y sobre todo el humano, como es la inteligencia, cabe destacar cómo algo básico el instinto natural de la criatura de ir hacia los mayores, hacia sus progenitores. Entonces, cuidemos eso. Cuidemos que, cuando vaya a la ikastola, pase de los padres y madres hacia otra persona con la cual se familiarice, estableciendo un vínculo, y se sienta segura. En segundo lugar, tenemos el instinto de la exploración, que aparece hacia el quinto mes (y que luego se va desarrollando hasta los cien años). Creemos espacios ricos en estructuras y objetos, con recovecos donde las criaturas empiecen a meterse ahí, a explorar.

Y si surge el miedo durante la exploración, pero se ha creado un buen vínculo inicial, la criatura tendrá a dónde acudir. La andereño y los padres acogen a la criatura, la calman, le quitan el miedo y van de nuevo con ella a la exploración. Y así explorará mucho y tendrá mucha iniciativa. Cuando ya han cumplido el primer año, estas criaturas quieren estar entre ellas. Creemos un espacio para que puedan jugar juntas: arriba, abajo, dentro… Tienen también instinto de cuidados, que es la raíz de la responsabilidad. Dejamos que se cuiden entre ellas. En definitiva, el cambio es el haber introducido la ciencia en la pedagogía. Y hoy en día nos atrevemos a decir que sabemos todo del niño/a, fíjate lo que te digo: TODO.

B.M.: Y como lo sabemos TODO se puede actuar con criterio, entonces ¿cuál ha de ser el nuevo papel docente?

R.C.: Efectivamente, tenemos criterios como para saber respetar las leyes del crecimiento y fomentar su desarrollo. Somos como los buenos hortelanos que, sabiendo cuáles son las leyes de los distintos instintos, damos la humedad y el calor necesario, el sol preciso… y ellos solos se desarrollan. Una cosa más podríamos añadir: el papel de la cultura. A través de la cultura familiar, social y humanista, proponemos modelos a imitar y estos modelos, sustentados por la ciencia, sirven de guía para el recto desarrollo de las potencialidades innatas.

Arquitectura, pedagogía y psicología actúan sinérgicamente. Son los tres pilares de un buen hacer. Este proceder no es caro. Me explico: los tabiques son siempre más caros que las estructuras internas. En nuestras ikastolas no hay tabiques de obra, son grandes espacios llenos de estructuras organizativas donde las criaturas juegan entre ellas. Un espacio a modo de la plaza de un pueblo o el espacio de vida de un poblado primitivo, donde las personas educadoras ya no tienen que estar mediando entre la criatura y sus necesidades: los niños y niñas interactúan autónomamente en ese espacio rico en ofertas, pero seguro. Y, «¿ahora qué hacemos?» se pregunta el profesorado al principio. Y la respuesta es: ¡observar e intervenir sólo cuando es necesario! Como observa el hortelano la evolución del desarrollo de su huerto. Pasan de ser mediadoras a ser observadoras.

Luego, ya en Preescolar, se inicia su familiarización con el mundo de la cultura como una prolongación de la exploración de objetos físicos, pasando suavemente de ellos a estas herramientas de la cultura como letras, los números. Es necesario que perciban su utilidad, a fin de que lleguen a Primaria con la curiosidad en estado vivo: «haz y aprende».

B.M.:¿Cómo calificaría el estado de bienestar de nuestra población infantil?, ¿retrata el estado de salud de nuestra sociedad?

R.C.: La felicidad, es la percepción subjetiva del desarrollo pleno y armónico de todas las dimensiones humanas. Usando una figura metafórica, podríamos afirmar que una planta verde y vigorosa, si tuviera conciencia, se sentiría feliz, mientras que una planta mustia no está feliz. Tenemos algunas señales inequívocas que nos indican si las niñas y niños son o no felices. Siempre que lloran algo malo pasa. ¿Es inevitable? «Seamos realistas, pensemos lo imposible» decían en el Mayo Francés. Nuestro objetivo es que no lloren nunca. Ese es el objetivo de nuestra pedagogía. Y ya la estamos poniendo en práctica en ikastolas como Arizmendi, Bergara y San Fermín y, dentro de poco, en Orio, Txantxiku y Leioa.

Puede, no obstante, haber algún llanto, siempre puede existir algún desencuentro, pero son los menos. Son felices. Es ésta una percepción que no ha estado muy clara en la conciencia de nuestra sociedad. Se piensa que es natural que el niño/niña llore. Sabemos que un niño/a contento rendirá después en el aprendizaje. Nuestra sociedad occidental carece de confianza: está angustiada, ansiosa de resultados que son las notas. ¡Siempre corriendo! Sin embargo, la nota es como los goles en el futbol: si juegas bien meterás goles. Si vas a meter goles, no metes ninguno y, además, juegas mal. Así son los equipos en ansiedad, ¿no? La tarea, entonces, de la escuela es infundir confianza, otorgar competencias y ya verás entonces cómo rinde el alumnado.

La felicidad no ha sido tenida en cuenta como valor ni en la escuela ni en la empresa. Y, sin embargo, una empresa feliz también rinde mucho más. Sin olvidar que las grandes revoluciones son generacionales, fruto del liderazgo de gente joven, formada y con iniciativa. Ahí tenemos el ejemplo del Renacimiento, del primer Gobierno Vasco o del actual movimiento de metamorfosis social en que nos hallamos inmersos.

B.M.:¿Cómo valoraría los diferentes contextos relativos al menor, principalmente familia y escuela, y su influencia en su desarrollo?

R.C.: Ambos son fundamentales. La criatura ha de ver la escuela como una continuación de la casa. La escuela tiene que entrar en la casa y la casa en la escuela. En todos nuestros centros ponemos una cafetería desde donde se puede ver a las criaturas y donde éstas pueden visualizar a sus progenitores. No se cierra la puerta, sino que se deja paso a la casa o al pueblo si quiere. Y ¿la ikastola en la casa? También, a través de los seminarios de madres y padres. Vienen a gusto y constituyen el germen de trabajo conjunto con el profesorado. Para quienes no pueden asistir a ellas, vamos a empezar a editar unos pequeños boletines mensuales.

B.M.: Para concluir, ¿tenemos un modelo educativo preparado para la inserción y extensión del proyecto que propugna? Y ¿cuáles son las piedras que dificultan su progresión?

R.C.: El término modelo educativo es muy amplio. Un buen profesor o profesora puede hacer prodigios con pocos medios. De ahí la importancia del reciclaje y formación docente. Decía un cantero que estuvo trabajando en mi casa que «para el buen oficial no hay mala herramienta».

En los cursos que organizo para el profesorado les suelo decir: «si queremos cambiar la escuela tenemos que empezar cambiando nosotros». Sin querer ser dogmático, el primer obstáculo se encuentra en el cambio: es en el propio profesorado el que tiene miedo a cambiar, y a ser observados en esta escuela abierta. No es cuestión de echar balones fuera, pero el Gobierno tiene su responsabilidad en esto. La persona docente es instructora en muchos campos, pero también educadora en todas las fases del niño/a. Educadora del menor y de la familia, porque la familia muchas veces presiona con sus ansiedades y rivalidades al profesorado. Hacer la paz en la escuela y en la familia es una bella tarea. Y devolverles la confianza en su criatura: cada menor tiene su edad y su ritmo y modo de aprendizaje. Si respetamos sus ritmos y valorizamos sus logros llegarán a la meta con éxito. 

Una pedagogía de la confianza

Uno de los rasgos que caracteriza al ser humano es la percepción de su vulnerabilidad. Vivimos en una incertidumbre que amenaza nuestra vida misma. Pero la percepción de nuestra vulnerabilidad varía dependiendo del grado de confianza con que nos relacionamos con los demás. Cuando hay confianza nos sentimos más seguros, más protegidos, menos desamparados.

Basada en el respeto al ser único y original que es cada niño y cada niña, y a sus procesos de crecimiento, la Pedagogía de la Confianza desarrolla en plenitud todos los ámbitos de su personalidad (intelectual, afectiva, física, social, artística y espiritual). A tal fin, el ambiente educativo, que debe distinguirse por un espíritu familiar, un clima de alegría y la capacidad de acogida y de diálogo, despertará las fuerzas motivacionales de los alumnos y alumnas, desde las primeras etapas, fomentando su creatividad y responsabilidad por el trabajo bien hecho. Y en la medida que trabajamos con personas, con necesidades específicas, es fundamental entender a quién tenemos delante. A ello ayuda el trabajo basado en la experimentación y en la observación científica, a fin de dar respuesta a esas necesidades, para que se desarrollen de una manera equilibrada y armónica todas sus potencialidades. En la Pedagogía de la Confianza primero está la persona menor como persona y luego como alumna.

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